Hay veces que mi hijo menor, de nueve años, se pregunta si tiene hermanos. No se refiere a SU hermano, con el que comparte el cuarto y pelea la mitad del día (la otra mitad es porque está en el cole), sino a sus hermanos biológicos.

Algunas ocasiones me lo dice con carita pensativa y otras, se refiere muy enojado a su mamá biológica. Yo le respondo con lo poco que sé de su familia de sangre y siempre le dejo abierta la posibilidad de seguir replanteándose sus orígenes.

Antes de que Lucas llegara con nosotros, nos acercamos a una asociación y a través de ellos pude escuchar la opinión de especialistas, leí cuánto libro cayó en mis manos y tuve la oportunidad de conocer testimoniales de hijos que conocieron su historia de adopción en distintos momentos y diferentes circunstancias. Quienes siempre lo supieron se sentían satisfechos, quienes los supieron como adultos enfrentaron distintos tipos de sentimientos, sobre todo ligados a la sensación de haber sido engañados por quienes más confiaban, adicional al hecho de entender la adopción en sí misma. Sin embargo, aquellos que nunca les contaron la verdad y al final lo supieron de manera fortuita, siempre lo presintieron.

Y sí, así lo creo. Somos seres de enorme sabiduría y conocemos todas las verdades del universo. Somos parte de esa energía cósmica y, por tanto, todo lo sabemos, aunque no de forma consciente.

Al final, lo más sencillo debería ser nunca tener que enfrentar el día de contar “esa verdad”, porque la historia siempre estuvo ahí, abierta y fluyendo como cualquiera otra de la vida.

¿Qué puede ser doloroso? Sí. Recuerdo cuando Lucas me rogaba estar dentro de mi pancita. Entonces, me puse una playera enorme, y le dejé estar adentro, pegado a mi vientre el tiempo que quisiera.

Por mucho tiempo no menciona el tema, pero hay días que lo recuerda con enojo o con tristeza, y sin embargo, él sabe que puede preguntar, plantearse preguntas, llegar a sus conclusiones, y que estaré ahí junto a él acompañándolo a elaborar su duelo y a darle sentido a esta forma de llegar a su familia.

Una cosa nos queda clara siempre que terminamos una conversación sobre la adopción: Él es mi hijo y tenemos el acuerdo desde nuestras almas de estar juntos, sin importar el camino que el universo eligiera para que llegara a esta realidad. El y yo elegimos que seriamos madre e hijo, y eso hoy me hace una mamá plena.   Al final, todo se resume en amor.

¿Cómo platicamos de esta verdad en mi familia?

  • Desde que llegó con nosotros y lo tuvimos en brazos.  Yo solía decirle lo feliz que era de hubiera llegado por adopción. Esa palabra le empezó a ser conocida y yo perdí el trastabilleo para decirla.  Todos empezamos a fluir con el concepto.
  • Dibujé un cuento especialmente para él con su historia.  Lo empasté  y quedó en su estante como una opción más de cuentos a leer.
  • Aproveché las películas infantiles que abordan el tema: Kung fu Panda, El niño del futuro, Mi villano favorito, Río, por decir algunas, para promover alguna conversación sencilla.

Saber su historia, también es un punto de apoyo para ayudarle a entender su ansiedad por separación: un diagnóstico que además del TDAH nos ha acompañado durante estos años. Las terapias psicológicas, conductuales y los apoyos alternativos han sido parte de nuestro camino y aún estamos construyendo una autonomía sana.

La verdad sobre su llegada a la familia es un regalo.  El puede tocarlo, sentirlo, abrazarlo, guardarlo, enojarse con él, aceptarlo y eventualmente, transmutarlo.  Al fin de cuentas, tener la verdad en tus manos te da poder sobre qué hacer con ella… y de eso se trata crecer, no es así?

Si quieres conocer más sobre cómo hemos trabajado la verdad, sobre las terapias y opciones que hemos explorado en relación a la ansiedad por separación, la implicación química y energética durante la gestación de un bebé que será despegado de su madre biológica, no dudes en escribirlo en los comentarios. Con mucho gusto escribiré sobre mi experiencia.

Si te parece interesante compártelo